La ciudad reposa profundamente. En el caer de la tarde va llenándose de sombras el diminuto jardín; revolotean blandos, elásticos, los primeros vespertillos. Allá lejos suena la campana de algún convento. Ha llegado el crepúsculo. Comienza a brillar una estrella en el cielo oscurecido. Entonces es la hora propicia, la hora peculiarísima de estos minúsculos y aprisionados jardines; es la hora en que estos jardines entran en harmonía y comunión íntima y secreta con el ambiente y con las cosas que les rodean: con las tumbas de los guerreros y de los obispos, con la alta torre, con las columnas del claustro, con el cielo oscuro y sereno, con el parpadear brilllante de las estrellas, con las campanadas del Ángelus, que caen lentas, sonoras, pausadas, sobre la ciudad...
Azorín-Jardínes de Castilla





